Jose Maria Muñoz Rovira


Carta abierta al peregrino del espejo.

Jose Maria Muñoz Rovira


English Translation

Un carrete, ¿te acuerdas, Antonio? Primero iba a ser sólo un carrete. ¿De veinticuatro? ¿De treinta y seis? Porque doce eran pocos. Algo así como un top teen con dos suplentes. O uno menos que los Trece de la Fama. No, no, doce no, hay demasiados doces, los doce apóstoles, las doce tribus, las doce sillas,  los doce trabajos de Hércules, los doce pasos de los alcohólicos anónimos, doce hombres sin piedad, doce del patíbulo, doce monos, las doce campanadas, las doce uvas y, ya el colmo, los doce meses, los doce signos, el zodiaco, un calendario, eso sí que no, para nada, ni hablar…

En todo caso, no te llevaría demasiado tiempo, sería una cosa rápida, pronto podrías montarte una exposición o vete a saber qué y vete a saber dónde y vete a saber cómo. A ver lo que daba de sí el asunto, si daba algo, para el rato que fuera, para un entretanto hasta el próximo trabajo medianamente estable, que ya se sabe que nada es eterno y menos hoy en día (esto de refunfuñar sobre el hoy en día se debe de haber hecho siempre, no sólo hoy en día, seguro que se hizo ayer y anteayer y se hará mañana y pasado mañana), en fin, pues eso, lo dicho, que nada es eterno y menos de  un tiempo a esta parte, que todo dura tan poco, cada vez menos, pero en algo tenías que ocupar ese cuarto de hora que igual no duraría ni quince minutos…

Pues, mira por dónde, ese cuarto de hora, esos quince minutos ya duran quince años, de momento, sólo de momento… Quince años, se dice pronto, pero prueba a calcular cuántas veces se puede decir “quince años” en quince años… En quince segundos se puede decir quince veces, lo acabo de cronometrar.

Porque, a fin de cuentas (¿o habría que decir “a principio de cuentas”?),  aunque de entrada sólo fuera para un cuarto de hora, aunque cupiera y se agotara en un carrete, no estamos hablando de un empeño reciente, estamos hablando, quieras que no, de un proyecto finisecular. Vamos, más que nada porque se te ocurrió a finales del siglo pasado,  en las postrimerías del siglo XX, que diría un cronista rancio refiriéndose al siglo XX como si se refiriera al XIX. Y es que los cronistas rancios se pasaron todo el siglo XX muy decimonónicos ellos y en el XXI siguen igual. Y a poco que te descuides se te pega, en cuanto tienes una edad y como te pille bajo de defensas, en pijama y pantuflas, se te pega, te sobreviene como un achaque más, yo como que ya me noto los síntomas, ayayay, esa escritura de mesa camilla, ese tonillo de tertulia de café con picatostes, ¿cuándo he escrito yo así, tan carpetovetónico, qué me está pasando? ¿Demasiada radio carca? ¡Pero si sólo la tengo de fondo y pongo esas emisoras para troncharme, para partirme el pecho de buena mañana! ¡Y tampoco la oigo tanto, sólo de refilón y en dosis que yo creía homeopáticas! ¿Me habrá entrado algún virus por la oreja, en plan veneno hamletiano made in Spain? ¿Me estaré convirtiendo en uno de esos tipos rancios,  que de tan antiguos que suenan por las ondas, más que como tipos casi te los imaginas como daguerrotipos? No sé si tú los sintonizarás para mondarte de vez en cuando vía internet desde Londres, o, por decirlo en rancio, allende el Canal de la Mancha, pero yo más vale que apague la radio y cambie de tercio si quiero que se entere de algo alguien más que tú, los lectores españoles y, a lo sumo y por ventura, algún hispanista británico afincado en la península.

Muchos pensábamos de chicos y de no tan chicos que el siglo XXI sería más marciano, pero qué quieres que te diga, visto lo visto, tampoco es para tanto.  A pesar de los efectos especiales que, sobre todo desde septiembre del 2001, inundan los telediarios (¿para cuándo las noticias más macabras en 3D?) y a pesar de que cualquier chisme tecnológico se te queda obsoleto apenas lo desempaquetas, mientras  empiezas a leerte el manual de instrucciones antes de enchufarlo, tampoco es para tanto. El siglo, digo. Llevamos ya una década y qué. Lo más marciano, por destacar algo, son los cigarrillos electrónicos.

Por lo demás, esto no acaba de despegar, por no decir que está embarrancado si no para el desguace. O igual soy yo, que he dejado de fumar hace diez meses y hace diez meses que estoy de un humor de perros, aunque no sé de dónde viene esa expresión o por qué la empleo yo, mis perros siempre están de un humor excelente, encantados de la vida. Soy yo el que tiene malas pulgas, el que está hecho un cascarrabias desde que me cuido la salud. Sobre todo cuando me siento a escribir. Ya no toso, pero me falta aquella niebla que me aclaraba las ideas. La punta encendida del pitillo en medio de esa niebla era como mi candil de Diógenes. La anestesista que me acojonó con posibles broncoespasmos y trombonosequés quizás me salvó el pellejo, pero a menudo sospecho que, salvando las distancias, me hizo lo mismo que Dalila a Sansón cuando le cortó la melena. No es tan bestia como lo que le hizo Judith a Holofernes, o sea, cortarle la cabeza, no es tan drástico, pero, según cómo, a veces no sabría decirte qué es más jodido, si lo primero o lo segundo. Bueno, dejémonos de jeremiadas, mejor no sigamos por ahí o acabaré recitándote la Biblia en verso.

En fin, ¿en qué estábamos? Ah, sí, que la crisis misma, ésta de ahora,  parece más propia de aquellos vaticinios agoreros del tan cacareado “efecto 2000”,  cuando se iba a parar el contador, nos íbamos a quedar a cero y se iba a acabar el mundo justo a las puertas del futuro. Y no. O tal vez sí. Tal vez se acabó el mundo y no nos hemos enterado. Quizás nos habríamos dado cuenta si hubieran cesado de cuajo y por completo las catástrofes, tanto las naturales como las provocadas o las accidentales. ¿Un mundo sin catástrofes? ¡Anda ya! ¿Cuándo se ha visto y por qué iba a verse así de pronto, de buenas a primeras? Que no. Si continúan, si proliferan, es que hay mundo. Porque las catástrofes sin mundo tampoco pueden existir. La ausencia de mundo es catastrófica para ellas. Las aniquila totalmente. Las catástrofes necesitan un planeta al que zarandear y a millones de seres a quienes putear. Si no, ¿en qué y de qué iban a cebarse? ¿Qué podrían estropear, si no hubiera nada? ¿A quién podrían damnificar si no hubiera nadie? Sin nada ni nadie son menos que nada y menos que nadie, porque no son algo ajeno al mundo, no provienen de otra realidad, no nos atacan desde otra dimensión, se cuecen en ésta, es el mundo lo que les proporciona todos sus ingredientes. Por eso digo que la actual crisis parece más cosa de antes, o sea, del apocalipsis anunciado para entonces, que de los mundos sin catástrofes de los utopistas de cualquier signo y los ecopublicistas cool, de las auroras radiantes que algunos soñaban o vendían para estrenar el siguiente milenio, la idílica nueva era, que es donde se supone que tendríamos que estar a día de hoy según aquellos iluminados o aquellos estafadores.

Lejos de los improbables futuros perfectos, atrancados en un presente más imperfecto de lo normal, en una normalidad más anómala que de costumbre o en una anomalía normalizada por la tan inconmensurable como impune y hasta escandalosamente recompensada desfachatez de sus irresponsables responsables y la resignación o el desaliento de casi todo el resto de los mortales,  no sé si éste que nos ha tocado será el principio de siglo más finisecular de la historia, pero desde luego se parece más a una prórroga agónica del anterior que al inicio de algo nuevo y un pelín más halagüeño ni que sea. Difícil saber cuánto va a prolongarse, si ya estamos cerca del tiempo de descuento o los minutos de la basura o si, por el contrario, se va a cronificar, o, peor aún, clonificar como el día de la marmota, o a agravarse por momentos y a marchas forzadas, a degenerar en una serie o precipitado o traca final de fines de siglo comprimidos, sincopados, tartamudos, fines de siglo cada mes, fines de mes que tardan siglos en llegar o mensualidades que cada vez alcanzan para menos semanas, para menos días o para ninguno porque no las hay, ni se pagan ni se cobran.

¿Y por qué digo todo esto? ¿No estaré tratando de establecer forzadamente una especie de continuum contextual para justificar la duración de tu proyecto? Eso tendría cierta lógica si te hubieras dedicado a retratar vicisitudes, acontecimientos, los avatares del cambio de milenio, yo qué sé... Pero, ¿qué tiene que ver este panorama de fondo, ese marco coyuntural entre dos siglos, qué tienen que ver esos procesos y fenómenos globales con una propuesta de corte intimista como ésta tuya, con ese goteo en clave de tú a tú, de uno a uno, de mirada a mirada, de universo particular a universo particular, o sea,  con tu apuesta conceptual y literalmente postperiodística? Postperiodística en lo que a ti respecta, pues arranca como quién dice en el momento en que dejas de trabajar en prensa, aunque entonces aún bailase en el alero la decisión de si de forma transitoria o definitiva. ¿Quizás aún baila? ¿O ya no para nunca jamás?

Además, ¿por qué tendría yo que justificar nada si tú eres el primero que no se ha preocupado en absoluto de hacerlo? Así que supongo que no era lo que pretendías al pedirme que te escribiera algo. Y menos a estas alturas, ¿para qué?, si ya no tienes que convencer a nadie. No estamos en esa fase embrionaria en la que todo está por hacer, en la que no hay más que una entelequia que hay que plasmar negro sobre blanco prefigurando retóricamente lo que todavía no existe más allá del limbo de las intenciones. No estamos en esa fase en la que hemos estado juntos tantas otras veces para tantos otros proyectos, cuando había que explicar lo que queríamos hacer para que nos dejaran hacerlo, y que nunca nos hubieran dejado hacer si de verdad hubiéramos explicado lo que teníamos entre ceja y ceja, lo que íbamos a hacer, incluso lo que hicimos sin haber imaginado que lo haríamos, lo que conseguimos sin proponérnoslo o lo que ni por asomo salió como esperábamos. Ésta vez esa fase ha brillado por su ausencia, te la saltaste a la torera y te quedaste tan pancho.

Total, para un carrete, tampoco era cuestión de escribir la biblia. Y dale con la biblia, cómo estoy yo hoy, menuda perra me ha cogido, parezco uno de aquellos predicadores buscavidas de los westerns, que entre el versículo tal y el versículo cual se sacaban un sobresueldo vendiendo elixires curalotodo y a los que más de una vez la biblia guardada en el bolsillo del pecho les salvó deteniendo la bala de un cliente indignado por el timo. El caso es que no fue un carrete, no ya uno de doce, que ya quedó claro de entrada que eran pocos (tal vez eso fue lo único claro que quedó de entrada), sino que tampoco te paraste en uno de veinticuatro o de treinta y seis.

¿Por qué, Antonio? ¿Por qué no te paraste tras el primer carrete? Aunque fuera un carrete metafórico, ¿por qué no te plantaste en los veinticuatro o en los treinta y seis? ¿Por qué seguiste y seguiste y seguiste y todavía no has parado? No es un reproche, ¿por qué habría de serlo, qué habría que reprochar? Es pura curiosidad, no tanto mía como por delegación de tantos conocidos o amigos comunes y dispersos que en tal o cual reencuentro a través de los años, cuando sale a relucir tu nombre se muestran perplejos de que aún sigas con aquello.  “Aquello”, “aún”, dicen, con el ceño fruncido así como en perspectiva cada vez más acusada, en más de uno tendente al vértigo, y es que mientras tú “aún”, los hay que han dejado atrás varios “aquellos” (empleos, vehículos, domicilios, parejas, matrimonios y hasta alguna hipoteca).

Y bueno, sí, vale, de acuerdo en que por mi parte la del por qué sigues dale que te pego es una pregunta más bien retórica, pero tampoco tanto, no te vayas a creer, sólo hasta cierto punto. Sólo hasta cierto punto porque te la he hecho otras veces y siempre me la has contestado sólo hasta cierto punto. Como haces con casi todas las preguntas. Esa bruma galaica portátil que va siempre contigo, que te sacas del bolsillo como un impermeable de emergencia. Esa ambigüedad mercurial tuya, unas veces lacónica y otras locuaz, según te dé, a veces suspendida en los puntos suspensivos y  a veces desplegada en una especie de variaciones Goldberg del mareo de la perdiz. Lo más asombroso es que haces que esa indefinición, en cualquiera de sus  modalidades, suene categórica, taxativa, rotunda. ¿Dónde aprendiste ese juego de máscaras? Chez Lecoq, peut-être? Aunque seguro que en gran parte es innato, propio de tu naturaleza escurridiza, a la que las preguntas, incluso las más inocentes, se le antojan cepos o trampas que hay que sortear. No quieres ser rehén de tus respuestas. Y a menudo no encuentras mejor forma de salirte por la tangente que aparentando embestir frontalmente la cuestión con una sentencia más o menos lapidaria o más o menos tópica, siempre recursiva, a buen seguro no insincera, pero con la que eludes pronunciarte sobre algo que tú mismo no has resuelto, es más, que no has querido resolver porque, en el fondo, sientes que marcar un trazado te encajona, que fijar una meta es, según lo cerca o lejos que pongas el tope, empezar a echar el freno o, por el contrario, convertir (y pervertir) el impulso en obligación, en autocondena.

“Cada ser humano es prisionero de su propia libertad”, vas y sueltas por ejemplo. No dudo de que te reconozcas en esta frase, da igual de quién la tomaras prestada. La incluiste en una carta abierta bastante más breve que ésta que yo te escribo ahora. La tuya era un homenaje póstumo a un singular vecino de tu Costa da Morte, aquel náufrago voluntario llamado   Manfred Gnädinger, también conocido como Man (Hombre) o el Alemán de Camelle que vivió durante casi cuarenta años entre las rocas, al borde del océano, reciclando artísticamente los regalos de las olas en un alucinante museo personal al aire libre por el que transitaba en taparrabos, hasta que el chapapote del Prestige tiñó de luto su jardín de piedra, espinas de pez y conchas marinas y él se dejó morir de puro desconsuelo. Ya ves, Antonio,  mira por dónde asoman de nuevo los monstruos, los azotes, las plagas que no venían a cuento. Ni siquiera en el más íntimo y extremo reducto, ni al margen de los márgenes, ni en el último límite del finis terrae se está lo bastante lejos del mundanal ruido. Más de media vida soñando, construyendo un mundo aparte y “sin embargo sobrevino la catástrofe” como decía Borges en aquel cuento memorable, Las ruinas circulares. De Man, curiosamente, se conserva una carta manuscrita donde afirmaba que en su museo había nacido la filosofía más universal (por más simple) del mundo: la filosofía de que “todo es círculo”. Visto así, incluso el año de su muerte parecería corroborarlo con sus cifras palindrómicas, con su capicúa numérico, ese 2002 que se muerde la cola. O su nacimiento allá en la Selva Negra y el súbito mar negro que como la más negra de las pesadillas anegó en petróleo su último horizonte. Y quién sabe, acaso como el mago del cuento borgiano “el hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él.”

Viéndole en las fotos que le hiciste en alguno de tus regresos a Galicia, más que en Robinson Crusoe, uno piensa en el magro y desquiciado Ben Gunn, el marinero abandonado por sus compañeros en La Isla del Tesoro. Sólo que Man había elegido conscientemente su destino, no había sido abandonado por nadie y su tesoro estaba a la vista en vez de enterrado. Man quería estar allí, no quería ser rescatado, al contrario que Gunn, o, desde luego, Crusoe, que de hecho es el prototipo opuesto: mientras Man es un anacoreta que, en el borde del mundo habitado, crea un paisaje insólito donde vivir su soledad y su diferencia, Crusoe es un pragmático, un industrioso que, en su azaroso y despoblado paradero, intenta reproducir tanto como pueda las trazas de la civilización, las condiciones materiales de la sociedad de la que procede y nunca pierde la esperanza de volver, cosa que consigue tras veintiocho años. Claro que los suyos son veintiocho años de papel, puesto que se trata de un héroe de ficción. No obstante, para crear a su personaje, Daniel Defoe se basó en las historias reales de dos náufragos,  el español Pedro Serrano y el escocés Alexander Selkirk, el primero rescatado en 1534 y el segundo en 1709, tras pasar respectivamente ocho y cuatro años en un banco de arena del Caribe y en una isla desierta frente a Chile. Ocho y cuatro, doce, entrambos suman tres menos que los que tú llevas dale que te pego con “aquello”, Antonio.

Sí, ya sé que no es lo mismo, que ellos no se tiraron todo ese tiempo por gusto en su banco y en su isla, como tampoco Edmond Dantès, el conde de Montecristo, se tiró veinte años preso en el Castillo de If sólo por darse el gustazo de cavar túneles con el mango de una cuchara o fugarse finalmente disfrazado de cadáver con una bala de cañón atada a la mortaja y en caída a plomo por un acantilado. Vale, vale, Dantès, otro héroe de papel como Crusoe, pero al igual que Crusoe inspirado en alguien real, que en su caso fue un zapatero de París, un tal François Picaud, al que cuatro amigotes, celosos de su compromiso con una rica heredera,  denunciaron como espía británico. Una calumnia, una insidia, obviamente. El pobre tipo, sin comerlo ni beberlo, se pasó en el trullo  desde 1807 hasta 1814, lo que no será un récord, pero no deja de ser una putada que se te debe de hacer larguísima, sobre todo si eres inocente. Con esa clase de amigos quién necesita enemigos. Y en cambio, fíjate tú, un compañero de celda moribundo le reveló antes de espicharla el escondite milanés de un botín de aquí te espero o algo así, una auténtica fortuna de la que se adueñó Picaud al salir y con la que, bajo una identidad postiza,  pudo darse el lujo de preparar una venganza de cocción lenta, nada de servirla fría, diez años se tiró cociéndola y disfrutando cada minuto mientras la cocía, igual que había sufrido cada minuto de su injusta condena. Diecisiete años en total, por qué no van a ser sumables ambos períodos por distintos que sean si el segundo es consecuencia del primero.

Tranquilo, Antonio, espera un poco antes de darme el premio a las comparaciones improcedentes, paciencia, que no te pido tanta como la que le impuso al impaciente Papa Julio II el pacienzudo por autoexigente Miguel Ángel durante los cuatro años que tardó en pintar la bóveda de la Capilla Sixtina. “¿Cuándo acabarás?”, insistía el uno, “Cuando termine”, replicaba invariablemente el otro. Vale, vale, Antonio, otra comparación improcedente, ni tú eres Julio II ni yo Miguel Ángel, o sea, ni tú eres Rex Harrrison ni yo Charlton Heston,  ni tú eres el tormento ni yo el éxtasis, pero tampoco viceversa. Que conste que no estoy intentando invertir los términos para justificar mi tardanza en la entrega de este texto. O tal vez sí, bueno, sí, reconozco que sí, pero sin infatuación, eh, sin megalomanía, sin equipararme con los ejemplos citados, que sólo son eso, ejemplos, cada uno a su escala, de que a cada cual e incluso a cada quisque lo suyo le lleva el tiempo que le lleva, a mí lo mío por poco que sea cada vez me lleva más, sobre todo desde que dejé de fumar, desde que la locomotora no echa humo, y a ti lo tuyo ya lo estamos viendo. ¡Pero si cuando lo empezaste todavía era presidente Felipe González! Ya a punto de la “dulce derrota” frente a Aznar, pero ahí estaba aún.

Y, en honor a la verdad, no se puede decir que te demoraras, no fuiste precisamente a paso de tortuga. Desde luego que no, porque al principio querías rematar pronto la faena, para nada te veías más de unos meses en el tema, ni loco sospechabas todo el futuro que te iba a tomar. No sé cuánto tardaste en completar tu carrete metafórico, los treinta y seis que iban a ser todos y que sólo fueron los primeros. Igual fue cuestión de semanas, porque recurriste a los que tenías más a mano, a los contactos más accesibles de tu agenda de reportero gráfico. Tú cámara en ristre y yo cassette,  habíamos hecho a principios de los noventa bastantes entrevistas a pintores y artistas plásticos para el suplemento dominical del Diari de Barcelona. Entonces, al trabajar juntos, compartíamos una percepción simultánea, intensiva, un ritmo periodístico.  Pero esto que emprendiste por tu cuenta en el 96 era otra cosa. No tengo ni idea del origen de la idea, o sea, de cómo y por qué se te ocurrió eso de pasarle a un pintor una copia de una foto que le hubieras hecho y pedirle que te la devolviera intervenida artísticamente, tratada o manipulada a su antojo. No sé quién fue el primero a quien se lo pediste, o si primero no se lo pediste a nadie sino que alguien, por propia iniciativa, te devolvió redecorada o modificada por su mano una foto suya hecha por ti y a partir de ahí se te encendió la bombilla. Ni tampoco sé por qué no lo sé pese a todas las veces que te lo he preguntado, pero es que contigo ya se sabe que saber, lo que se dice saber, depende más de las propias conjeturas que de tus respuestas.

Aquello de que un grano no hace granero pero ayuda al compañero (que ya veremos cómo lo ponen en inglés, al igual que varias otras cosas por las que percibo de antemano la creciente inquina del traductor) es a menudo un lugar común de la avaricia disfrazada de caridad, la cantinela con la que el roñoso disculpa su raquítica limosna, pero en tu caso es un tópico positivo, que ilustra tu tesón para llenar el hórreo grano a grano y, antes que eso, tu disposición para ver en un solo grano un hórreo que llenar. Oye, si te toco mucho la gaita con los símiles gallegos de vez en cuando puedo ensayar otros, no sé, alguno más presuntamente urbano y cosmopolita, a ver qué te parece éste: sacas billete para un trayecto de cercanías y cuando te das cuenta te has subido al transiberiano.

Vamos, lo que quiero decir es que primero aplicas una diligencia ajustada a lo inmediato, pero luego, a veces enseguida, viene un punto de inflexión a partir del cual te embalas, te disparas hacia el infinito y más allá, como Buzz Lightyear.

Yo creo que tú viste ese punto de inflexión donde prácticamente todos los demás veían el punto culminante y, por ende, el punto final lógico y razonable del proyecto: en la exposición del 97 en la Galería María José Castellví de Barcelona, donde, bajo el título Del retrato al autorretrato, presentaste un centenar de dípticos (foto tal cual tú la hiciste + réplica intervenida por el artista correspondiente). Aparte de la numerosa y apretujada concurrencia, no recuerdo haber visto antes ni después mayor concentración de pintores y poetas visuales por metro cuadrado, tanto en las paredes como entre ellas, tanto en efigie como en carne y hueso, consagrados, emergentes y hasta outsiders mezclados y revueltos sin preeminencia alguna, como tampoco la había en el programa de mano, todos los nombres consignados por riguroso orden alfabético. Y qué decir de la inusitada diversidad de generaciones, estilos, escuelas, procedimientos, sensibilidades e improntas personales coexistiendo en estrecha contigüidad y en abierto, flagrante contraste,  sin categorizaciones ni secciones ni etiquetas. Eso no es nada fácil de ver. Como tampoco a según quiénes juntos, ni que sea meramente yuxtapuestos en un espacio común. El milagro lo obró tu relación individual con cada uno, lograr primero que cada cual se prestara al juego de tú a tú contigo y luego a formar parte sin condiciones del conjunto, fueran quienes fueran los demás. La clave, no pretender una meliflua armonía de todos con todos, pero tampoco aceptar vetos de nadie. No sucumbiste a ningún sectarismo, lo cual es muy de agradecer desde fuera, y creo que también lo agradecieron los implicados, contentos de participar en una propuesta desprejuiciada, lúdica, exenta de solemnidad y de protocolo, sincera y próxima, singularmente plural y cuya originalidad fue reconocida por la ACCA (Asociación Catalana de Críticos de Arte) al otorgarle a la Castellví, explícitamente por haber albergado esa exposición, el premio a la Mejor Galería del año. Algo que ahora mismo no podría reeditar, porque cerró sus puertas en 2010. Tú, en cambio, sigues en la brecha, con el mismo proyecto. O con su prolongación, vaya, que a mí me da que decidiste ya en la inauguración misma, en pleno vernissage, o, como muy tarde, el día en que descolgabas de la sala de marras aquellos primeros cien dípticos.  Porque ésa es otra, los descolgaste todos, nada de venderlos por separado, debían permanecer juntos, querías preservar la integridad del conjunto. Ya verías cómo. Por de pronto, te los llevaste de vuelta para casa. Y la familia iba a crecer y crecer…

¿Qué sentido tenía proseguir después de aquellos cien, reincidir en la misma fórmula ya expuesta, en el mismo juego dual, sólo que ampliado a más y más participantes? Seguro que más de uno te lo ha preguntado, yo desisto de hacerlo porque entiendo que para ti tendrá sentido mientras no te lo preguntes, mientras no te enredes en el dilema hamletiano de seguir o no seguir. ¡Y menudo eres tú para pararte en preguntas! Con tal de no responderlas, eres capaz de dar la vuelta al mundo las veces que hagan falta.

De hecho, en los tres años siguientes apenas tuve noticias tuyas, no sabía ni a dónde te habías mudado ni en qué cosas andabas hasta que nos topamos casualmente en una esquina de la Vía Layetana, frente a un Palau de la Música rodeado de grúas. Tú vivías por allí y yo trabajaba a muy pocos metros como colaborador de Barcelona Televisió. Vaya, qué casualidad, y tú qué tal, dónde te habías metido. “Ya voy por los 400”, me… ¡respondiste!  Desde luego, tu primera respuesta en tres años no tenía desperdicio. Había que aprovecharla, estábamos en el 2000 y la próxima podía ser bien entrado el siguiente siglo. De modo que se lo dije a Eva Mora y ambos te hicimos aquel documental para la cadena municipal, que titulamos “Autoretrats de l’obsessió” (Autorretratos de la obsesión).

En el documental te quejabas del vía crucis burocrático que suponía tratar con las instituciones para darle salida al proyecto. Te fastidiaba tener que bregar con funcionarios y comisarios que o bien te daban largas o a lo sumo te ofrecían opciones parciales, restrictivas, selectivas, cuando no absurdas y mentecatas. Que si los más conocidos, que si una pequeña representación itinerante, que si por qué no hacías lo mismo pero con unos cuantos políticos en vez de con pintores… Y ya ni hablemos de alguna solución que diera acomodo estable y digno a toda la colección, pronto no darías abasto para almacenarla, no todas las obras eran tan planas como pudiera pensarse, algunos artistas habían incorporado prótesis, relieves o volúmenes a su réplica. Nadie se hacía cargo de la magnitud de la empresa y mientras tanto tú seguías aumentándola como poseído por una urgencia terminal, acumulando dípticos como Noé reclutaba parejas de cada especie, llenando tu Arca de Nodar como si tuvieras que salvar a cuantos más mejor del Diluvio Universal, el Juicio Final, el Chapapote Fatal o lo que fuera a ocurrir con las últimas doce campanadas del siglo. O quién sabe si de la Hora Fecal, aquella plaga que profetizabas chuscamente desde las cloacas de Barcelona, donde pasaste varios días de abril del 86 encerrado en una de nuestras experiencias de Arte Claustrofóbico junto con otros miembros del K.R.A (Kol·lectiu de Recerques Artístiques).

Tras el documental volviste a desaparecer por un tiempo, como sueles hacer sin preaviso y hasta nueva orden. A veces pienso cuánto sumaría el tiempo real que nos hemos visto en estos últimos quince años. Quizás no llegue a una semana juntando los ratos. Hubo periodos en que ni sabía si estabas vivo o muerto. Hasta que un día llamabas por teléfono y retomabas el hilo de la conversación como si tal cosa. Yo seguía con el mismo número (de teléfono) y tú seguías incrementando los números de tu empeño (500, 600…).  El cambio de siglo te pilló en plena faena y el proyecto pasó de finisecular a transecular y lleva camino de continuar per saecula saeculorum aunque tengas que hacerlo desde la Santa Compaña. Pasó de los carretes y las cubetas de revelado a las tarjetas de memoria y los discos duros, de la vieja Leica a la Leica digital, de la conurbación barcelonesa o las comarcas catalanas a otras zonas de España o de Europa (Madrid, París, Londres…) en proporciones desiguales, irregulares, nada programáticas, poco asimilables para mentes comisariales. Por suerte gozabas de la comprensión y el apoyo de Elsa Peretti, de su hospitalario refugio ampurdanés de Sant Martí Vell, para cuando tus huesos o tu espíritu lo necesitaran, y luego estaban los amigos esparcidos por el mapa de tu vida, tantas casas donde tenías un hueco seguro.  El proyecto siguió al ritmo de tus andanzas o tus andanzas al ritmo del proyecto, obedeciendo a tu dinámica vital, a tu talante errabundo, peregrino, ramificándose en racimos de nuevos conocidos, asomándose a la luz característica, a la peculiar atmósfera de cada estudio o taller, colocando el espejo de tu mirada frente a cada rostro para que cada cual se tomara su tiempo retocándose o reinventándose ante tu espejo y te devolviera su reflejo cuando le viniera bien, algunos enseguida, otros tras meses o años, algunos ya se fueron, otros siguen ahí esperando, hace mucho que captaste su imagen pero olvidaste mostrársela o no tuviste ocasión, y cuando la reciban se verán también en el espejo del tiempo, en esa alquimia extraña que fija tu recuerdo y eres tú el que emulsiona frente a él como un Narciso envejecido y perplejo, no debe ser lo mismo enfrentarte a tu imagen inmediata o más o menos reciente que a la cara del tiempo que te mira con tu cara de antaño, que ahora es suya y no tuya, a ver cómo la pintas, seguro que ya no como cuando era tu cara. El tiempo, Antonio, el tiempo es el autor de todo, el tiempo que nos hace y nos deshace para rehacer el mundo donde habitan todos nuestros mundos personales, también el de aquel hombre que vivía en su mundo al borde del mundo cerca del fin del mundo, y cada uno de esos mundos a los que has mirado a la cara, caras por las que ha pasado el tiempo del mundo y ahora miran al mundo de todo aquel que abra las páginas de este libro, no están todos, tiempo habrá, seguro que ya andas por los 1000, que contigo serán 1000 y 1, mil y un mundos, mil y una historias como las que cada noche contaba Sherezade para seguir viviendo, igual que haces tú, que siempre estás contando una historia, pero nunca la misma.

José María Muñoz Rovira (“Humphrey”) 21 de febrero de 2011.




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